EL FIN DE LA GENTILEZA – Orlando Sáenz

No creo que haya margen para el error si se postula que el hecho político más determinante ocurrido en Chile en los últimos tiempos haya sido la visita que el ex Presidente Lagos le hizo al Ministro del Interior – y por entonces Vicepresidente de la República – Sr. Jorge Burgos cuando la Presidenta Bachelet se encontraba fuera del país.  Seguramente fue esa visita, las circunstancias políticas que la rodeaban y su obvio carácter admonitorio lo que se sumó al aprovechamiento de su ausencia para sublevar el orgullo de la mandataria en términos que la decidieron a emprender el camino político que ha desembocado en la situación actual.

Esa visita le mostró a la Bachelet que un futuro gobierno de Ricardo Lagos, lejos de prolongar su obra y enaltecer su figura, desdibujaría su supuesto legado y la jubilaría definitivamente.  Y, tal vez en ese momento, nació en ella la determinación de hacer lo necesario para impedir una eventual candidatura del ex – mandatario.  Y, cuando esta se concretó, ella movió sus peones dentro del PS y la hizo imposible, aunque sin poder ocultar, salvo para los ingenuos, su presidencial mano.

Es difícil saber si la mandataria se dio cuenta a tiempo de que, al “bajar” a Ricardo  Lagos, destruía la única posibilidad que tenía la Nueva Mayoría para mantenerse unida y triunfadora.  Pero sí es seguro que, al darse cuenta que con Lagos se había ido toda esperanza de retener la Moneda para la izquierda tradicional, había que asegurarse dos objetivos supremos: dejarle a la derecha política un país social y económicamente ingobernable y construir un santuario para rendirle culto al legado de su gobierno, porque sería el único camino teóricamente posible para recuperar el poder.  Y esos dos objetivos explican todo lo que hizo el anterior gobierno a partir del momento en que asumió que tenía pérdida la continuidad. 

Lo que se hizo a partir de entonces para asegurar el fracaso del segundo gobierno de Don Sebastián Piñera es algo que rayó en la paranoia y no puede quedar impune.  Se endeudó al estado en términos imprudentes e irresponsables.  Se contrajeron compromisos enormes y carentes de financiamientos para asegurar conflictos sociales imposibles de solucionar con el deteriorado estado de las arcas fiscales que ella dejó en déficit, asociado a un fuerte endeudamiento.  Se otorgó inamovilidad a decenas de miles de supernumerarios de la administración pública que en su momento se contrataron para disimular la destrucción de empleos provocada por una política económica insensata, y ello con el único propósito de evitar sus despidos.  Se atiborró al Congreso con una catarata de propuestas legislativas inconsultas e improvisadas, cuyo único objeto es provocar conflictos políticos.  Se paralizaron administrativamente proyectos de inversión con el objetivo de dificultar la imprescindible reactivación del crecimiento que podría prestigiar al nuevo gobierno.  Y, por ese criminal camino, se llegó al aquelarre de los últimos días de gobierno, que es lo más vergonzoso que podría registrar la historia política de Chile.

Ahora bien, el sistema democrático está hecho para sobrevivir a malos gobiernos pero no está diseñado para sustentar mandatarios que deliberadamente perjudican a la nación para factibilizar siniestros proyectos personales.  Desde ese punto de vista, puede que lo obrado por la Sra. Bachelet no sea punible criminalmente como debía, pero nada impide que la condena moral la situé en el lugar que le corresponde.  Asumir lo antes señalado obliga a las instituciones del estado a imponerse otra tarea, como es la de exhibir en toda su crudeza el daño infringido al país por causa de las venganzas personales de la ex – mandataria.

Todavía mas; no obstante la enormidad de los daños materiales que la Bachelet le provocó al país para factibilizar su innoble politiquería, ellos fueron superados por la herida institucional que ha dejado instalado en la conciencia nacional con la conspiración del silencio que, con sus secuaces políticos, se organizó para encubrir su responsabilidad en el asunto Caval.  Todos quienes podamos tener alguna experiencia bancaria, positivamente sabemos que ningún banco del mundo facilitaría un financiamiento como el del caso Caval – y menos con intervención directa de su presidente – a no mediar una razón excepcional.  Y, en este caso, palmariamente esa razón fue la del cargo que entonces ejercía la matriarca de la familia  enriquecida.  Si la presión implícita de la mayor magistratura de la nación fue ejercida por sus familiares con o sin su conocimiento,  es algo que no puede permanecer instalado en la conciencia nacional sin una debida aclaración.  Lo que ha ocurrido es que, con varios años de estruendosos ajetreos judiciales de por medio, la investigación ha sido desviada a aspectos periféricos que nunca han atacado el factor fundamental de cómo fue ejercida esa presión basada en el cargo presidencial.  En el más inocente de los casos, fue un abuso de confianza impune de sus familiares directos, lo que lleva a que la Sra. Bachelet se comportó como una encubridora, y eso es ya inaceptable.  En el peor de los casos, fue ella una participante directa en un delito inaceptable y descalificador.  En cualquiera de esos extremos, la verdad no puede quedar en la oscuridad si es que se quiere evitar que se convierta en un tumor permanente en la conciencia ciudadana en detrimento de la confianza en el más alto cargo de la nación, que es un pilar básico del régimen democrático que nos hemos propuesto proteger.

Hay fundadas razones para sospechar que el encubrimiento de este aspecto fundamental del caso Caval fue el tema de lo que el ex Presidente Lagos trató con el Vice Presidente Burgos.  Ello es así por la magnitud de las consecuencias un tanto cósmicas que esa visita ha tenido, según aquí hemos analizado.  Pero, conjeturas aparte, lo que resulta imprescindible es el esclarecimiento de lo que verdaderamente ocurrió en Caval, como única solución a la herida que ha provocado en la conciencia política de los chilenos.  En los últimos años hemos visto a empresarios, parlamentarios, altos funcionarios estatales, fiscales y figuras públicas de los más variados tipos desfilar por tribunales, con gran detrimento de sus honras y fortunas, por causas mucho menos importantes y significativas que el caso Caval.  Lo que no hemos visto es añadirse a ese desfile a los muchos cómplices que ayudaron a la Moneda y a los partidos de la Nueva Mayoría a ejercer las presiones para tirar por el desvió la investigación de este luctuoso caso.  Eso constituye una insoportable carga en la conciencia de todos y es algo que resulta indispensable solucionar alumbrándolo con la luz de la verdad.

Y, con todo esto, hoy vemos a la Sra. Bachelet sentando bases tranquilamente para su tercera candidatura presidencial y dedicándose a reprocharle a diario al nuevo gobierno las medidas que tiene que tomar para corregir los desastres que dejó.  Ha llegado la hora de mostrarle con rudeza la puerta del ostracismo, mínima y piadosa forma con que podría expiar lo que ha hecho.  Para ello es necesario ponerle punto final a la gentileza con que el nuevo régimen la está tratando.

Orlando Sáenz